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Bogotá entre relatos y recetas

“Bogotá es una ciudad que se saborea. No solo por sus platos, sino por las historias que los cocinan. En cada mercado, cada esquina, cada fogón familiar o restaurante de autor, se condensa una memoria viva hecha de ingredientes, acentos y afectos.

Nuestra cocina nace de la olla tradicional y llega hasta la alta cocina; vive en las plazas de mercado, se reinventa en la calle, se internacionaliza en mesas contemporáneas y abraza, sin jerarquías, a todas las cocinas regionales del país.”

Capítulos

“Bogotá sí tiene cocina, gastronomía e identidad. Este libro muestra que Bogotá es un destino turístico–gastronómico y que su cocina, diversa y acogedora, vale la pena. Reúne 12 capítulos con recetas en hojas, sopas, amasijos, charcutería, arepas, salsas, dulces y bebidas de altura.

Es fruto de un trabajo etnográfico que recoge y clasifica las recetas para contar la historia detrás de cada plato. Este libro no solo se come: se lee. Cada receta es un relato, porque la cocina es cultura”

Firma del Chef Carlos Gaviria

Entre relatos y recetas

En medios

Capítulo 1 Cocina de ollas y calderos

En Bogotá, el fuego lento guarda secretos. Si hubiera que nombrar un símbolo culinario que condensara el espíritu de esta ciudad, serían sin duda las ollas y calderos. En ellos hierve una historia que huele a hogar, a barrio, a mercado. Una historia que habla de frío y de altura, de cuerpos que buscan calor y de cocinas donde siempre hay algo hirviendo.

La cocina bogotana es una cocina de sopas, guisos y sudados. Y eso no es casual: estamos en una ciudad andina, una ciudad que se resguarda del frío en el calor de un caldo. En las plazas, las ollas de barro o de aluminio nunca están vacías. Siempre hay algo cocinándose, siempre hay una sopa en marcha, siempre hay un caldero lleno de sustancia.

Definir a Bogotá gastronómicamente es reconocer que su sabor nace del hervor prolongado, del cuchareo, de la comida que se toma en taza o se sirve con arroz. Este capítulo es una entrada a ese universo espeso y entrañable, donde cada sopa cuenta una historia, y cada guiso, un pedazo de ciudad.

Capítulo 2 Entre brasas y sudados

Cuando no hay sopa, hay sudado, y cuando no hay estufa hay brasas. Así se cocina Bogotá. En esta ciudad, donde el frío pide cuchara y el mediodía exige cuchillo, los sudados son la otra cara del hervido: carnes de cocciones largas, bañadas en un guiso espeso que se adhiere a la papa, que tiñe el arroz, que empapa la tajada.

No es lo mismo que guiso. La diferencia está en el bastimento o recado: mientras el guiso va solo, el sudado se acompaña de papas, yucas, arracacha, plátano. Es plato completo. A veces lleva cerveza, a veces chicha (en recetas antiguas) y cuando se le echa se le llama sudado borracho, y ahí el sabor es más profundo, más oscuro, más alegre.

Este capítulo también recoge las carnes de brasa y parrilla, las que se comen los domingos, las que llenan de humo los barrios. El pollo asado, la carne al carbón, esas que huelen y reúnen a la familia.

Capítulo 3 Sabores que se sirven en las esquinas

El 'sudao' de pollo es uno de los platos más cotidianos y constantes en la ciudad. Se podría decir que es el almuerzo por defecto de Bogotá. Un plato con presencia silenciosa, pero infalible. Se prepara con presa —usualmente pierna pernil—, cocida lentamente en una mezcla de cebolla, tomate, ajo, comino y color. El guiso es espeso, denso, untuoso. A esa base se le agregan papas, y a veces zanahoria o arracacha.

En algunas casas se le añade cerveza, ese toque le da complejidad, lo convierte en lo que muchos llaman un “sudado borracho”. Se sirve con arroz blanco, plátano maduro y, a veces, aguacate. Pero su esencia está en esa mezcla entre lo guisado y lo hervido, entre lo sabroso y lo familiar. Es el plato que se come sin sorpresa, pero con gusto.

Capítulo 4 Entre maíz y molinos

En Bogotá, la cocina también empieza con el grano. Y no cualquier grano: el maíz, ese alimento que nos une con nuestras raíces más profundas y que, aún entre el cemento, la prisa y la altura, sigue amasándose con las manos, moliéndose en casa y sirviéndose caliente, día tras día.

En este capítulo hablamos de las masas. De lo que se cuece, se aplasta, se voltea y se asa sobre plancha o carbón. De esas preparaciones que no necesitan carne para ser principales. De las arepas que abren el desayuno, que acompañan el almuerzo o que se comen solas, sin pedir permiso.

Aquí el molino es protagonista. Ese molino de discos de hierro que estuvo en todas las casas, fijo a la mesa o al lavadero, con la manivela girando mientras una abuela echaba el maíz cocido y el queso fresco para hacer una masa brillante, tibia, cremosa. Porque en Bogotá, amasar es una forma de recordar.

En estas páginas no hay recetas complicadas. Hay técnicas heredadas: el restregado de la masa, la mezcla con sal y mantequilla, el punto exacto de cocción en el tiesto de barro o en la plancha. Y hay sabores honestos, dulces o salados, pero siempre llenos de memoria.

Este es el capítulo del maíz bogotano. Del que se pela en ceniza, del que se trilla, del que se muele, del que se endulza. Y del que, transformado en arepa, nos sigue contando quiénes somos.

Capítulo 5 Entre hornos y amasijos

Bogotá huele a pan caliente, a bandejas recién salidas, a maíz, trigo y queso que se transforman en alimento y afecto. Nuestra ciudad es también panadería, amasijo, desayuno compartido y onces de barrio. Cada cuadra tiene una vitrina, una bandeja metálica, una canasta llena. Y en ellas se guardan, sin querer, parte de nuestras memorias colectivas.

En este capítulo no se habla de platos fuertes ni de sopas que reconfortan. Aquí se habla de lo tibio, de lo que se hace y se parte con las manos, de lo que acompaña y también se basta solo. El pan bogotano y los amasijos tradicionales son parte esencial de nuestra identidad gastronómica. A través de ellos recordamos a la abuela que abría la puerta con un roscón en la mano, la panadería del barrio que huele a pan rollito y buñuelo desde las seis de la mañana, las onces del colegio con almojábana y avena.

La panadería bogotana es mestiza, generosa y persistente. Aquí conviven el pandebono con bocadillo, la almojábana cundiboyacense, el pan de yuca, los buñuelos que giran en aceite y las mogollas chicharronas que contienen grasa y memoria. Este es el capítulo de lo que no falta nunca en la mesa, aunque no siempre se nombre.

Capítulo 6 Cocina de hojas

En la cocina bogotana hay algo ancestral en el acto de envolver. Cocinar entre hojas es una práctica que nos conecta con la tierra, con la memoria indígena y campesina, con las cocinas que no usan moldes, pero saben de formas. Envolver es proteger, es guardar el sabor y permitir que los ingredientes conserven el vapor. Las hojas no solo aportan forma, también aroma, color, sabor, identidad.

En Bogotá, esta cocina de hojas se expresa de manera emblemática en las plazas, en las casas, en los barrios, las hojas de chisgua, plátano y maíz se convierten en envoltorios sagrados. Esta técnica —tan humilde como sofisticada— transforma ingredientes sencillos en ofrendas cotidianas. Cada envoltorio guarda un secreto. Cada paquete cocido es una historia lista para abrirse.

Aquí, entre hojas, Bogotá se revela silenciosa, aromática, calientica. Se cocina en silencio, pero se recuerda con fuerza. Este capítulo es un tributo a esa sabiduría envuelta, a esa cocina que se hace con manos pacientes y saberes que no caben en libros, pero sí en un bocado.

Capítulo 7 Lo que se bebe en la altura

"Soy orgullosamente ribereña, pero Bogotá ha sido mi casa desde que tenía 9 años, la inspección a las plazas de mercado nos hacían el plan perfecto de los fines de semana, los mini buñuelos, el platico de lechona, la taza de chocolate con queso eran las preparaciones que nos acompañaban a mis hermanas y a mí."

Recuerdo a toda la familia reunida, ansiosa por probar el gran ajiaco de mi mamá: el aroma a leña de la finca de los abuelos, las guascas frescas, la papa criolla, un buen pollo y la arracacha recién cosechada. Todo servido con ese ingrediente invisible que lo hace insuperable: el cariño."

Marcela Isabel Doria Garcés - Cocinera del Caribe y chef docente

Capítulo 8 El dulzor capitalino

En Bogotá, el dulce no es solo un antojo: es una caricia al alma, una pausa entre las rutinas, un gesto de afecto compartido. Cada barrio, cada casa, cada panadería de esquina guarda en sus vitrinas un fragmento de esa dulzura. El repertorio repostero de la ciudad es generoso y diverso, resultado de una historia, mestizaje y mundo.

En este capítulo, el dulzor se organiza en tres caminos: la pastelería tradicional bogotana, los postres a base de leche y los postres de fruta, todos con el sello inconfundible de la memoria capitalina.

Capítulo 9 Picar en familia charcutería criolla

"Es una mezcla única de tradiciones y productos indígenas, alimentada por sabores que llegan de muchas regiones para fortalecer nuestra identidad andina.

Recuerdo a toda la familia reunida, ansiosa por probar el gran ajiaco de mi mamá: el aroma a leña de la finca de los abuelos, las guascas frescas, la papa criolla, un buen pollo y la arracacha recién cosechada. Todo servido con ese ingrediente invisible que lo hace insuperable: el cariño."

Daniel Muñoz - Cocinero colombiano

Capítulo 10 Arroces y compañía

Bogotá no se entendería sin el arroz. En los desayunos, en los almuerzos, en las fiestas familiares, en las bandejas cotidianas, el arroz está siempre. A veces blanco y sencillo, a veces vestido de gala con hogao y carnes, pero siempre presente. Puede parecer solo un acompañante, pero en realidad es muchas veces protagonista. Y en esta ciudad andina, donde el clima invita a comer caliente y sustancioso, el arroz ha sido la base sobre la que se construyen historias de cocina y de vida.

En Bogotá se comen dos tipos de arroz: los blancos simples —a veces con arvejitas, con papas en cubos o fideos— y los blancos compuestos, que se llenan de sabor con carnes, guisos, quesos y vegetales. Estos últimos son platos en sí mismos, servidos al centro de la mesa o en porciones generosas. Este capítulo recorre esas preparaciones, desde las más tradicionales hasta las que llegaron de otras regiones y se quedaron a vivir en la capital.

Capítulo 11 Salsas con acento capitalino

En Bogotá, una buena comida empieza por un buen guiso. No importa si se trata de una sopa, un guiso de carne, una papa chorreada o un pepino relleno: todo comienza con el chisporroteo del tomate y la cebolla larga en la sartén. El guiso es la salsa madre de la cocina bogotana, el punto de partida de muchos sabores y uno de los olores más entrañables de nuestros hogares. Su preparación parece sencilla, pero cada casa tiene su toque: hay quienes lo prefieren con ajo, otros con comino o un poco de color. En cualquier versión, el guiso es un fondo emocional que sostiene el carácter de esta cocina.

Capítulo 12 Bogotá sabe a producto local e innovación

La cocina bogotana no solo se expresa en los platos tradicionales que hemos heredado por generaciones. También se manifiesta, con fuerza cada vez mayor, en los ingredientes que crecen en su territorio, en las manos que los cultivan y en las cocinas donde hoy se reinterpretan con creatividad y respeto.

Durante años, muchos de estos productos locales —como la arracacha, el cubio, la papa nativa, la curuba o la feijoa — permanecieron al margen del reconocimiento gastronómico. Estaban presentes en mercados y cocinas populares, pero eran vistos como comunes, humildes, incluso reemplazables. Hoy, sin embargo, estos ingredientes están siendo redescubiertos por cocineros y cocineras que entienden que la innovación no está en mirar hacia afuera, sino en volver la mirada al origen, y revalorizar lo propio.

En Bogotá, lo campesino dialoga con lo urbano, y en ese diálogo nace una cocina de autor que no olvida su raíz. Una cocina que transforma sin borrar, que investiga, experimenta y crea desde el respeto por la historia de cada alimento. Una cocina donde el sabor también se convierte en una forma de resistencia, de memoria y de construcción de identidad.

Este capítulo es una invitación a reconocer el valor de esos productos que definen nuestro paisaje alimentario, a visibilizar los saberes que los han sostenido, y a celebrar la forma en que la innovación gastronómica está abriendo nuevos caminos para contar, a través de la comida, lo que es y lo que puede ser Bogotá.

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